Desde el
vientre necesitamos de otra para sobrevivir. Al nacer, no sabemos de nuestra
individualidad porque dependemos del alimento, el calor y el abrazo del otro,
del ser más próximo. Aún así sabemos cómo nos sentimos y qué necesitamos.
Lloramos, reímos, simplemente estamos siempre presentes. Con el tiempo, nos
damos cuenta de que difícilmente sobrevivimos sin esa relación de dependencia y
empezamos a dar nuestros primeros pasos en el negocio de la supervivencia.
Mientras
crecemos intentan domesticarnos y educarnos para ser individuos capaces de
integrarnos: en la educación, en la economía, en la diversión, en la moralidad
y la religión, en el saber estar. Perdemos nuestra presencia. No hay
tiempo para cuestionar la calidad de la sociedad ni lo que ella nos ofrece, lo
primordial es aprender a inserirnos en ella. Nos llega el momento en que la
necesidad de independencia empieza a latir, con temor por lo desconocido y
gallardía porque somos capaces, porque podemos hacer lo que no pudieron hacer
quienes nos precedieron, porque podemos mejorar el mundo y estar mejor. Vivimos
aciertos y desaciertos, derrotas y victorias, miserias y venturas, riquezas y
pobrezas, vejaciones y estimaciones. Todo en un solo cóctel que aprendemos a
beber, bien o mal. Mientras todo eso sucede nos enganchamos a otros, a cosas, a
sentimientos, a ideales, los hacemos nuestros modelos, nuestros ídolos, nuestro
sentido de la existencia. Vamos aprendiendo el arte de la dependencia mutua.
Luchamos por lo básico y lo no tan básico, discutimos con otros nuestros puntos
de vista y siendo héroes vivimos intensamente esa vida tan variada y de alguna
manera generosa.
Entonces,
sin darnos cuenta, la vida nos tiene otro regalo: empezamos a envejecer y con
la vejez necesitamos del recogimiento, del recuerdo y de aprender de nuevo a
vivir. Algunas veces mendigamos más tiempo para cerrar el círculo; mueren
nuestros ídolos y empezamos a buscar de nuevo lo que perdimos en medio del
torbellino de experiencias. Volvemos a depender angustiosamente de otros y
empezamos otro tipo de negocio. Vendrán, con fortuna, a preguntarnos, a
recopilar historia para luego culparnos o agradecernos; o simplemente
desecharnos. Necesitaremos volver a estar presentes, a recogernos, a sentir.
Esperaremos partir quizá con un nuevo ídolo o sin él, pero ahora podemos hacer
balance y morir a esta experiencia. Para comenzar de nuevo...
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