lunes, 31 de octubre de 2011

Experiencia y homenaje

La vida está compuesta  de experiencias y, en su mayoría, llenas de tristeza y esperanza.

En los días previos pude ser testiga de algunas de mis grandezas y miserias. Empiezo por las últimas.
Me cuesta entender la diferencia entre una buena acción que es pedida y lo que yo considero que es lo mejor para los demás. Cuando busco imponer lo que creo que es mejor para otros, me equivoco porque me olvido de que la experiencia ajena es completamente diferente de la mía y de que los demás merecen mi respeto y aprecio confiando en que ellos son capaces con sus vidas. Cuando intento imponer mis criterios, estoy intentando invalidar a la vida misma y a la dignidad que todos poseemos para sostenerla. Frecuentemente irrespeto los tiempos de los demás y me confundo cuando no entiendo sus maneras de vivir. Mi capacidad de entendimiento en este sentido es lenta y entonces debo aprender a callar y retirarme cuando la vida me lo pide, más aún, ni siquiera llegar a momento en que la vida me lo pida; es cuestión de respetar y apreciar al ser humano que no comprendo. Rendir un homenaje al otro por lo que es…

De otra parte tengo la necesidad de honrar a mis padres. A la grandeza y fortaleza que poseen. Cuando hablo con ellos, cuando los contemplo y los puedo ver, me doy cuenta de las condiciones en las que nacieron y crecieron, veo sus limitaciones y cómo sus vidas han sido llenas de dolor, siempre esperando lo mejor que casi nunca llega. Contemplo su dignidad y sometimiento, su capacidad de adaptación, su buen ánimo a pesar del sufrimiento y su rendición al día a día. Aman a pesar de las decepciones y tristezas, esperan a pesar de no recibir casi nunca nada, se doblegan aunque sean humillados, entienden la muerte como parte de la vida y la vida como algo que debe ser afrontado.  Mis padres son –para mí– una constante muestra de que a la vejez se llega viviendo cada momento, aceptando con naturalidad lo que la vida trae consigo, llorando cuando el sometimiento tiene que ser y maravillándose ante aquello que deslumbra.

Mis padres cada día ganan su merecimiento por la vida. Sufren, ríen y su sencillez e inocencia desbordan.  Aceptan aquello que es inaceptable porque saben amar. Sus formas, muchas veces, son raras; sus caracteres, insufribles; sus costumbres, propias de aquellos que poco o nada han tenido. Constantemente peleo con ellos y después me veo… comienzo de nuevo, quiero tener una nueva oportunidad para entenderlos y de pronto puedo ver que no, que no necesitan de mí, que son capaces con sus vidas y que yo puedo mantener mi lugar, soy su hija.

Cuando viajo, me relaciono, trabajo… vivo, puedo reconocer que, a pesar de sus errores, me dieron las herramientas y recursos con las que puedo vivir… y con ellos puedo corregir lo que estuvo equivocado y causó dolor. Es como la constante alimentación que nutre al ser, esa capacidad de reconocer recursos y errores y hacer con ellos la propia vida. Y siempre apreciar que todo viene de atrás, de mis inmediatos y lejanos… y es a ellos a los que me rindo para coger la fuerza que necesito para sustentarme.

Gracias papá y mamá por la fuerza que me muestran para vivir, gracias por darme esta oportunidad que es la vida con todo lo que significa, y soltarme a pesar del dolor que ello les significa. Gracias por el sentido de arraigo que aún me mantiene y por la contención que me brindan. Gracias.

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Basta con mirarte con amor y acogerte en el regazo que nunca fue. Así es como te amo. Así es como te vivo. Así es como te siento.