Alrededor del año 76, casi a mis 13 años, empecé a cuestionar el tema de la muerte. Ante la respuesta de mi hermano mayor que decía que cuando morimos todo se acaba, mi siguiente pregunta era la lógica: ¿entonces, para qué vivimos?
La muerte está inexorablemente relacionada con la vida. Sin la una no existe la otra, pero no sé si son complementarias...
No es mi intención ahora reflexionar sobre el valor de la vida y menos el de la muerte. Es revisar mis experiencias primarias con la muerte y cómo las he vivido, las he recapacitado y las sigo analizando.
En momentos diferentes de la vida he tenido que ver con ella, ya sea por estar cerca de moribundos o por ser yo misma la moribunda.
Para empezar, alguna vez hice una experiencia consciente de muerte y pude comprobar con clamorosa angustia que lo más difícil de vivir en la muerte es la ausencia de cuerpo, no verse en nada... es como si la existencia se limitara al sentir y no al ser. Es una angustia desesperada de vernos reflejados en un cuerpo que no existe, es buscar dentro, dentro y saber que no hay manera de rescatar el refugio, es insistir en algo que ya sabemos que no existe, es destripar la necesidad de materia porque no hay nada. ... ni siquiera es la necesidad de permanencia porque la mente, las emociones y el intelecto siguen presentes, es que no nos encontramos... es como si nos buscáramos sin saber dónde encontrarnos... es la angustia de sabernos inexistentes y al mismo tiempo sintientes.
Esa angustia dio paso recientemente a otra que no sé si es anterior o posterior o simultánea: la de aceptar que hemos muerto. El tránsito, el no saber si estoy muerta o viva y cómo lo hago. Creo que debe de haber un momento de angustia y desesperación, para algunos corto y para otros terriblemente largo, dependiendo de nuestra capacidad para rendirnos a lo que es más grande que nosotros y que nos obliga a doblegarnos... la lucha está perdida y es necesario aceptar la nueva vivencia.
En un sueño reciente, me vi muerta y algo me informaba de que la relación con mi cuerpo no debería ser interrumpida hasta pasados tres días. Pienso en ello constantemente y creo que es el tiempo mínimo necesario para que se genere la desfragmentación completa en la que me veo forzada a pasar esta página que creía real, a renunciar a lo que con entusiasmo o sin él hice mío, a los sentimientos que me sostuvieron... renunciar a lo que hacía posible la vida y comenzar otro estado con un bagaje que ahora solo es posible con las conclusiones.
Mi vivencia última y más cercana es la que tuve con un familiar. Innumerables emociones surgieron ya sea por ver su estado físico, las muchas y variadas emociones, y sin duda, nuestro esfuerzo, y el ajeno, por dar un sentido a los procesos de la vida y la muerte... casi siempre envueltos en un halo de sufrimiento y dolor.
Me pregunté constantemente acerca de la vulnerabilidad del cuerpo, la responsabilidad de quienes cuidan de nuestro cuerpo y la nuestra al confiarnos cuando no hemos hecho lo propio, de saber si existe la posibilidad de morir antes o después de tiempo, y lo que ha significado vivir.
Ciertamente podemos morir antes porque el cuerpo es vulnerable y el hacer un uso equivocado de lo que lo sostiene lleva a que se rompa. Ciertamente hay quienes dicen que no es posible morir antes, yo creo que sí es posible y que la interrupción involuntaria de la vida es tan dolorosa que hace injusta la vida. Es posible quedarse deseando la vida.
En relación con el sentido de la muerte, crecí y elegí creencias en las que la certeza del alma hacen más ligera la existencia. Una condena y libera eternamente, la otra da la posibilidad de corregir a lo largo de las diferentes encarnaciones. Las dos, creo, con el convencimiento ideal de que es mejor después de la vida. Yo no lo sé y no recuerdo una experiencia que me lleve a creer que sentirse y no tenerse es mejor. Las dos creencias me recuerdan que no somos el cuerpo, que somos seres espirituales y me prometen que la existencia sin las “miserias” del cuerpo es mejor. Aun así, la fe no es suficiente para sanar el dolor que produce la ausencia y la carencia y entonces lo indispensable es la rendición para seguir cuidando la vida. Lo más escépticos de alguna manera también luchan por la permanencia y disfrutan de lo concerniente a su existencia que pueden palpar... y sufren el mismo dolor... nos cuesta aceptar lo desconocido y depositamos en ello toda nuestra esperanza, deseamos siempre algo mejor que justifique el sufrimiento.
La fuerza por la vida a veces es tan absurda que aunque hayan personas cuya existencia es tan dolorosa, luchan denodadamente por no morir. Nos vemos con una terrible contradicción, por un lado no queremos morir y por otro, muchas veces pensamos que es preferible la muerte a la vida.
Es como si cualquier situación casi siempre impuesta tuviéramos que justificarla con el don de la fe, de creer que siempre es mejor. Esa fe demuestra nuestra impotencia y pequeñez y que realmente, sea que muramos con sufrimiento o sin él, aceptándola o no, tenemos que decir sí... pase lo que pase no hay más alternativas: sí a la muerte, sí a la vida.
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