Pienso en la libertad. Hablo sobre ella, la imagino, la quiero, la supongo, la añoro, le escribo poemas… y en mis nuevos despertares me pregunto si es solo una idea, un sueño.
Desde niña hice mía la vida ajena, la de mis padres, mis adultos, mis maestros. Absorbí sus vidas porque con descuido o atención me las transmitieron y de ese modo empecé a vivir la vida de los demás. Aprendí sus miedos, angustias, su forma de vestir, comer, hablar, comportarse, relacionarse, hablar, llorar, rezar, sentir, reír, amar y odiar. A pesar de mí, casi siempre me adapté a lo que me ofrecían; fui una buena niña y a pesar de la manipulación nunca entendí el mundo; no me sentía cómoda, no pertenecía. Busqué alternativas, busqué nuevas maneras y muchas veces creí encontrar el paraíso… los paraísos siempre fantasías porque también encontraba en ellos nuevos miedos, angustias, envidias y formas ajenas… de nuevo, los demás, el mundo de los otros.
Algunas veces logré abstraerme, imaginar mis mundos, sentir mis sentimientos, amar mis amores, buscar mi vida… buscar mi espacio, mi único espacio.
En mi búsqueda puedo ver un claro que de pronto huele a autonomía, sabe a identidad, tiene el color de la tranquilidad y descansa en el sueño de la bondad.
Pero, la humanidad, el sentido de lo humano entra sigilosamente y encuentra mis miserias compitiendo con lo que quiero encontrar, roba mis sueños y abarca mis posibilidades. Se expande de manera incontrolable y me ahoga, me abarca… es la lucha entre lo que creo y lo que es. Es el eterno retorno, el continuo devenir que juega la danza de la vida, de lo constante y lo eterno, de lo que soy y lo que quiero ser, de la muerte y la vida.
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