jueves, 1 de diciembre de 2011

Equilibrio

La R.A.E. define equilibrio como:

1. Estado de un cuerpo cuando fuerzas encontradas que obran en él se compensan destruyéndose mutuamente.

2. Situación de un cuerpo que, a pesar de tener poca base de sustentación, se mantiene sin caerse.

3. Peso que es igual a otro y lo contrarresta.

4. Contrapeso, contrarresto, armonía entre cosas diversas.

5. Ecuanimidad, mesura, sensatez en los actos y juicios.

6. Actos de contemporización, prudencia o astucia, encaminados a sostener una situación, actitud, opinión, etc., insegura o dificultosa.

Yo añadiría que es la condición suficiente en el que todas las anteriores definiciones se aplican a la relación que tenemos con nosotros y con los demás.

Hay varios estadios, la mayoría de veces emocionales, por los que pasamos antes de decidirnos a relacionarnos con cautela, sin sentimentalismos y con discreción.

La experiencia me dice que demasiada generosidad puede llevar al otro a sentirse siempre agradecido, eternamente endeudado, con la necesidad de pagar, de someterse; y algunas veces a huir, esconderse, renunciar, rebelarse sutil o violentamente. Se siente abrumado al no poder recibir tanto. En algunos casos, es una necesidad de humillar al que tanto dio a cambio de nada; y en otros, a sentirse humillado. Siente la desconfianza, la carencia impuesta, la incomodidad y la descompensación.

Con la intención de ayudar, se crea una situación de desequilibrio, en el que no hay acompañamiento, ni igualdad. Una parte de la relación puede más, da más.

Cuando se da poco, hay cojera, egoísmo, insuficiencia, incapacidad.

No es posible sustentarse cuando se es más o se es menos, se está más o se está menos, se da más o se da menos, se ama más o se ama menos, se compromete más o se compromete menos, se tiene más o se tiene menos. Es necesario el contrapeso, la mesura, la capacidad de decir y decidir cuánto se puede dar y cuánto se  puede recibir. No permitirse dar ni recibir más de lo que se puede porque habrá descompensación: siempre endeudamiento ya sea por tener que recibir o devolver. Es necesario aprender a equilibrar las fuerzas, esas que no vemos y entretejen los aspectos más sutiles de las relaciones; las que sin hablar nos hacen sentir cómodos o incómodos, en armonía o en caos. Las que nos llevan a percibir si podemos adentrarnos en una relación porque es nuestro lugar o quizá sea mejor huir porque dando o recibiendo es demasiado, porque no podemos compensar ni equilibrar y sin esa compensación no hay espacio para la relación entre iguales.

En ese sentido, el vínculo con los demás es producto de la conexión con nosotros mismos, de la medida en que nos conocemos y aprendemos a detectar lo que hace daño en demasía y gratifica en demasía, en la que descubrimos nuestros recursos y carencias y hacemos del error un equilibrio que siempre nos lleva a ganar en la experiencia de lo cotidiano y a no vivir en la ilusión que nos aleja de nosotros. Cuando existe esa experiencia de equilibrio interior es más sencillo aplicarlo con los demás y nos hacemos justos, agradables y armoniosos.

De cualquier manera, a favor del desequilibrio, puedo decir que es la motivación que mueve al desarrollo, a la potenciación de las cualidades, de la madurez y de la libre voluntad de encontrar el lugar en el que hay respeto, aprecio e igualdad... ese lugar que se convierte en el hogar por  sentirnos seguros, equilibrados, nutridos y compensados.

Son estas emociones que sentimos y de las que no hablamos; son nuestras conversaciones internas y nuestras reacciones inconscientes.

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