La memoria genética está preparada para que de alguna manera podamos llorar nuestro propio dolor cuando empatizamos con el ajeno. Es una repetición constante de emociones que parecen liberarnos cuando somos capaces de sentir lo que siente el otro.
Ante las situaciones no resueltas acumulamos los momentos dolorosos porque no sabemos qué hacer con ellos. Simplemente los envolvemos en una tela frágil que depositamos debajo de la cama y que sin querer volvemos a rescatarla cuando no queríamos mirarlos.
Muchas veces es el dolor ajeno el que nos pone en contacto con nuestro propio dolor y nos permite llorar e incluso amar lo que no fuimos capaces de llorar en nuestras vidas ni amar nuestro ser.
La constante repetición de dolores nos exige soluciones. No basta que muchos lloren; es necesario interrumpir el mecanismo que causó el dolor y sanarnos para ayudar a sanar; para acompañarnos y acompañar. Acumular dolor propio y ajeno, silenciarlo, hace que repitamos una y otra vez, hasta la saciedad, el eterno llanto y no seamos capaces de tener una visión alternativa al ciclo repetitivo.
Cada llanto trae implícita una solución que se esconde bajo los pliegues del lamento y se empecina en no salir. El esfuerzo para verla implica limpiar el llanto para poder ver. Hay llantos que son como tormentas de lluvia, que dificultan la visión, mojan y pesan; y otros llantos son simples lloviznas que no molestan, pero si son muy seguidas e intermitentes se hacen crónicas.
Limpiar, solucionar y acompañar. ¿Puede ser más sencillo?
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